Francisco de Goya vivió en un periodo histórico convulso y decisivo, y su obra no puede entenderse al margen de los profundos cambios políticos, sociales y culturales que marcaron España entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Su tiempo fue el de la crisis del Antiguo Régimen, el choque entre la Ilustración y la tradición, y la irrupción de la violencia como experiencia colectiva.
Goya nació en 1746 bajo el reinado de los Borbones y se formó en el ambiente reformista del despotismo ilustrado. Durante el reinado de Carlos III, España experimentó una apertura intelectual impulsada por la razón, la ciencia y la educación. Este clima influyó en el pintor, que compartió muchas ideas ilustradas y confió inicialmente en el progreso como vía de mejora social. Sin embargo, estas esperanzas pronto se verían frustradas.
El reinado de Carlos IV supuso un periodo de inestabilidad creciente, agravado por la Revolución Francesa y sus consecuencias. El miedo a las ideas revolucionarias, la censura y el fortalecimiento de la Inquisición crearon un ambiente de desconfianza y represión. Goya, ya pintor de corte, fue testigo directo de la decadencia política y moral de la monarquía, una percepción que se refleja en el tono cada vez más crítico y sombrío de su obra.
El acontecimiento más traumático de su tiempo fue la Guerra de la Independencia (1808–1814), tras la invasión napoleónica. Goya vivió la violencia en Madrid y asistió al colapso del orden social. Lejos de glorificar la guerra, la representó como una tragedia humana sin héroes, marcada por el sufrimiento, el miedo y la crueldad. Esta experiencia transformó radicalmente su visión del mundo y del ser humano.
Tras la guerra, la restauración absolutista de Fernando VII frustró definitivamente las aspiraciones liberales. La represión política, el exilio y la persecución de los ilustrados sumieron al país en un clima opresivo. En este contexto, Goya se volvió hacia una obra más introspectiva y amarga, culminando en sus últimos años con un arte oscuro y desengañado.
El tiempo histórico que le tocó vivir convirtió a Goya en un testigo privilegiado de la transición hacia la modernidad, pero también de sus fracasos. Su obra es, en esencia, una crónica visual de una época marcada por la esperanza, la violencia y el desencanto, y por ello constituye uno de los testimonios artísticos más profundos de la historia de España.