Francisco de Goya
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Estamos ante una de las representaciones más conmovedoras y descarnadas de la violencia bélica. En estas 82 estampas, Goya documenta las atrocidades de la Guerra de la Independencia española y sus consecuencias sobre la población civil.
Lejos de glorificar el heroísmo, el artista muestra el sufrimiento, la brutalidad y la deshumanización provocados por el conflicto. Las escenas, directas y sin concesiones, eliminan referencias concretas para convertir el horror en una experiencia universal. El uso magistral del aguafuerte y la aguatinta intensifica el dramatismo y la atmósfera sombría.
Con esta serie, Goya inaugura una mirada moderna sobre la guerra: no como relato épico, sino como tragedia humana. Los Desastres de la Guerra trascienden su contexto histórico y se convierten en una denuncia atemporal de la violencia y la barbarie.
Goya fue testigo directo de esa guerra y de sus horrores, que plasmó en imágenes en Los Desastres de la Guerra. La serie la componían ochenta grabados y Goya los fue preparando entre 1810 y 1814, coincidiendo con el desarrollo de la guerra, y de forma oculta, por temor a represalias de los franceses que ocuparon Madrid hasta junio de 1813. Las circunstancias políticas posteriores, con la vuelta del absolutismo tras el regreso en 1814 de Fernando VII impidieron su publicación, y Los Desastres no fueron publicados hasta 1863 por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Goya no hizo en Los desastres una exaltación de las hazañas militares, sino que realizó un alegato contra la guerra en general y contra la violencia. Hizo una reflexión amarga, cruda y desencantada sobre el hombre, inmerso en una situación bélica que provoca crueldad, violaciones, devastación, muerte, miseria y hambre. Arremete contra las atrocidades que cometen los dos bandos, franceses y españoles. Goya vivió tan dramática situación y la plasmó en sus grabados como un cronista o reportero gráfico de hoy. Los Desastres ponen de manifiesto el fracaso de la razón en la que tanto confiaban los ilustrados. Son una crónica del fracaso humano.
Segunda edición (1892), Calcografía Nacional.
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